miércoles, 28 de septiembre de 2016

De habitación adolescente a cuarto de costura. Maldades de una madre pájara descastada.

De pequeña, cada vez que olía en el aire que se acercaba un zafarrancho de orden o limpieza me entraba un sudor frío y un miedo que aún me remueve por dentro al recordarlo. Mi madre era muy madre, y muy de decir frases de madre:

- Como vaya yo y lo encuentre...

- Ni ya voy ni ya vengo, ¡ahora mismo!

- ¡No me contestes!

Y no sé qué me daba más miedo, las sesiones de orden y limpieza o esas veces que algo no aparecía. Y cuando algo no aparecía, solía ser porque hacía mucha falta, a la de ya. De modo que solían ser días bastante moviditos. A pesar de que mis dos hermanas siempre apaciguaban un poco el remolino. Ventajas de ser la pequeña. 

Con el paso de los años,  la evolución de esos genes de madre ha sido meteórica. Viven reencarnados en mi, dando el mismo miedito a la siguiente generación. Bueno el mismo no, algo menos. Y eso no hace más que ayudar a que todo siga en su sitio en el universo, como ya sabemos. Las madres somos madres, en todas las generaciones. No llegamos a todo. Acumulamos y acumulamos. Y de forma cíclica, por ejemplo cuando asoma otra estación, zas, empezamos campaña nueva de limpieza.

Y digo yo, si es verdad eso de que al ordenar tu casa ordenas tu mente... ¿cómo es que yo no dedico todos los días de mi errática existencia a poner todo en su sitio? Que si hay una mente descolocada y dispersa es la mía, hombre.

Si a todo esto unimos que está de moda ordenar, ya la tenemos liada. Bueno, a lo mejor está de moda para mí, que en mi camino se han cruzado así, por causalidad, métodos y profesionales varios -que oportunos, juntitos todos-, estas últimas dos semanas. Pero como mis ansias suelen ir por libre, me he lanzado al vacío sin paracaídas. Sin método Konmari, sin Organización del Orden, sin cinturón, y como siempre, sin pensar mucho.

Sólo me ha faltado un viaje malamadrero a A Coruña para pasarme por Ikea y todos los cabos se han atado. Si es que no tenemos arreglo. Empezamos por el cambio de armarios y la cosa termina con media casa metida en sacos. Si, media casa, hay que ver. Dice Marie Kondo que todo aquel que prueba su método no ha vuelto al desorden. Que riquiña. La pobre, no me conoce. Yo sólo necesito que se me pase el furor de ordenar y que pasen... no sé, ¿un par de meses?

Además, ahora he podido ampliar horizontes. Ahora tengo un nuevo cuarto de costura, adivinad de donde ha salido. Touché, de la pollocueva que ha quedado vacía. Esto ha sido el culmen de la pájara descastada. La mayor maldad que había perpetrado desde que me convertí en madre. Una de esas frases de madre que se hacen realidad, así, sin planearlo.

- Y cuando te vayas de casa, tu habitación va a ser mi cuarto de costura, nada de dejar ahí tus cosas.

La invasión fue por etapas, no os creáis. Primero fue la mesa, luego unos días dedicados al estor y la lámpara, y finalmente, saqueo al armario. Madre mía. Creo que se me ha puesto cara de enajenada. Cuanto más tiraba más quería tirar. En algún momento me dieron ganas de consultarle por whatsapp a la dueña del botín si esto o lo otro lo quería. Sólo sucumbí una vez, el gorrito de lana con trenzas era taaaan adorable...

Mi adorable sewing room (que queréis, se me pega la jerga del patchwork)... sólo tenéis que imaginarme ahí, dándole al acolchado, y viendo Dexter... lo sé, me odiais.

Pues si, es verdad. Tengo una paz mental que no me cabe... habrá que llenar otra vez los armarios ¿no?

martes, 26 de julio de 2016

Adolescentes, como dejar de ser invisible para ellos

Me encantan las semanas intensas. Esas que a ratos  tarareas canciones de Meghan Trainor y entras en bucle con el estribillo, que es lo único que entiendes. Y otros ratos todo cambia. Puedes pasar de ser la estrella más rutilante de tu universo de cuatro paredes a ser, directa y tristemente, de lo más invisible.

Y yo presumir presumo de descastada, pero acostumbrarme... que les voy a decir a estas alturas que no sepan. Sigue el espíritu de mamá gallina dando por saco. Con todos los medios a su alcance. Haciendo gala de esos andares traqueteantes: primero una pata, y  a continuación, con todo su esfuerzo de subir y luego bajar, le sigue la otra. Andares cadenciosos de vigilante cansada pero terca. Loca ingenua que todavía se cree muchas veces que importa a alguien  o que le escuchan. Pobre de él, espíritu más que transparente.


                    


Menos mal que de vez en cuando me libro de esa posesión demoníaca, paso de ser mamá gallina, me desentiendo de todos los pesos, como si les salieran ruedas. Palmeo frotando mano contra mano y me digo hale, a otra cosa mariposa. Porque la realidad hay que aceptarla. Les hago una recomendación, desde la más absoluta de la ineficacia como madre: no se esfuercen. Quieran mucho, eso si, al aire, si hace falta, de lo poco que los van a ver cuando lleguen a pollos. Pero acepten que por mucho que inviertan en conversaciones, compañía, comprensión o tardes de cine, el resultado va a ser el mismo, acabarán siendo invisibles. Visto con guasa, la verdad es que no es un superpoder a despreciar. Ahora puedo hacer exactamente lo que me dé la gana, porque si algo no sirve ya de nada, es mi ejemplo.

Así que esta semana me he entregado en cuerpo y neurona a un nuevo vicio . Es lo más parecido que conozco a ser abducido por extraterrestres y que te reseteen el cerebro. Veo series en cadena. Una detrás de otra. Es de lo más eficaz para no acordarme de tantos años invertidos en lo que yo pensaba que serviría para que nunca se produjera el apagón adolescente y olvidaran que tienen una madre. A grandes males, series magristrales. O malas. Malísimas. Porque resulta que la combinación perfecta de experiencias está siendo conectarme a la pantalla mientras le doy al DIY del momento. Y necesito que sean ligeras. No, yo no soy una fan de Juego de Tronos. En fin, horas libres de abdución asegurada, y a bajo coste.

Que esa es otra. Juré y perjuré que no pagaría nunca por ver la televisión. Ja. Pago Netflix para ver el ordenador, el portatil, la tableta y el móvil. Lo que se tercie. Y encima pago para tres. No vaya a ser que se aburran, a pesar de tanta vida propia que les ha salido.

Lo tengo todo automatizado, ya saben. Soy madre y paso de los cuarenta. Mis dotes tecnológicas no van más allá de seguir unas pautas ordenadas que quiera todo bicho viviente que me rodea no fallen, o sufrirán las consecuencias. Llego, botón de encendido, barra espaciadora y ¡acción!

Todo suele ir sin más altos ni bajos, hasta que alguien, con forma por ejemplo de costillo, cansado de ver sufrir al aparato esclavizado, decidió que alguna vez había que apagarlo. Ah, ¿que había que recordar la contraseña? Glups.Vale, no pasa nada. Está todo previsto. La plataforma se nutre de miles de torpes como yo. Saben que el restablecimiento de la contraseña debe ser fácil de llevar a cabo, o todas las madres del mundo les hariamos caer en picado en los índices bursátiles. Asi que los giros del planeta y de mis neuronas no se vieron afectados. Todo siguió su orden natural.

¿Todo? ¡No! De repente sentí una perturbación en la fuerza (no, tampoco soy fan de La guerra de las galaxias, pero YO SOY SU MADRE. Léase con voz profunda y cavernosa, gracias). Se produjo una alteración cósmica. Una apertura espacio-temporal entre la pollo cueva y el resto de la casa. Salió el pollo y preguntó: ¿cambiaste la contraseña de Netflix?

Aleluya, todavía existo. ¡Eso es comunicación! No me decidía entre llorar, dar saltos o probar a hacerme la digna y mentir, a ver cuál podía ser el siguiente paso en esa cadena de acontecimientos extraordinarios.

Si, es así de fácil. Hoy soy un poco más feliz. Me quiero y me adoro, y como dice Meghan Trainor, si yo fuera tú, también querría ser yo.