martes, 26 de julio de 2016

Adolescentes, como dejar de ser invisible para ellos

Me encantan las semanas intensas. Esas que a ratos  tarareas canciones de Meghan Trainor y entras en bucle con el estribillo, que es lo único que entiendes. Y otros ratos todo cambia. Puedes pasar de ser la estrella más rutilante de tu universo de cuatro paredes a ser, directa y tristemente, de lo más invisible.

Y yo presumir presumo de descastada, pero acostumbrarme... que les voy a decir a estas alturas que no sepan. Sigue el espíritu de mamá gallina dando por saco. Con todos los medios a su alcance. Haciendo gala de esos andares traqueteantes: primero una pata, y  a continuación, con todo su esfuerzo de subir y luego bajar, le sigue la otra. Andares cadenciosos de vigilante cansada pero terca. Loca ingenua que todavía se cree muchas veces que importa a alguien  o que le escuchan. Pobre de él, espíritu más que transparente.


                    


Menos mal que de vez en cuando me libro de esa posesión demoníaca, paso de ser mamá gallina, me desentiendo de todos los pesos, como si les salieran ruedas. Palmeo frotando mano contra mano y me digo hale, a otra cosa mariposa. Porque la realidad hay que aceptarla. Les hago una recomendación, desde la más absoluta de la ineficacia como madre: no se esfuercen. Quieran mucho, eso si, al aire, si hace falta, de lo poco que los van a ver cuando lleguen a pollos. Pero acepten que por mucho que inviertan en conversaciones, compañía, comprensión o tardes de cine, el resultado va a ser el mismo, acabarán siendo invisibles. Visto con guasa, la verdad es que no es un superpoder a despreciar. Ahora puedo hacer exactamente lo que me dé la gana, porque si algo no sirve ya de nada, es mi ejemplo.

Así que esta semana me he entregado en cuerpo y neurona a un nuevo vicio . Es lo más parecido que conozco a ser abducido por extraterrestres y que te reseteen el cerebro. Veo series en cadena. Una detrás de otra. Es de lo más eficaz para no acordarme de tantos años invertidos en lo que yo pensaba que serviría para que nunca se produjera el apagón adolescente y olvidaran que tienen una madre. A grandes males, series magristrales. O malas. Malísimas. Porque resulta que la combinación perfecta de experiencias está siendo conectarme a la pantalla mientras le doy al DIY del momento. Y necesito que sean ligeras. No, yo no soy una fan de Juego de Tronos. En fin, horas libres de abdución asegurada, y a bajo coste.

Que esa es otra. Juré y perjuré que no pagaría nunca por ver la televisión. Ja. Pago Netflix para ver el ordenador, el portatil, la tableta y el móvil. Lo que se tercie. Y encima pago para tres. No vaya a ser que se aburran, a pesar de tanta vida propia que les ha salido.

Lo tengo todo automatizado, ya saben. Soy madre y paso de los cuarenta. Mis dotes tecnológicas no van más allá de seguir unas pautas ordenadas que quiera todo bicho viviente que me rodea no fallen, o sufrirán las consecuencias. Llego, botón de encendido, barra espaciadora y ¡acción!

Todo suele ir sin más altos ni bajos, hasta que alguien, con forma por ejemplo de costillo, cansado de ver sufrir al aparato esclavizado, decidió que alguna vez había que apagarlo. Ah, ¿que había que recordar la contraseña? Glups.Vale, no pasa nada. Está todo previsto. La plataforma se nutre de miles de torpes como yo. Saben que el restablecimiento de la contraseña debe ser fácil de llevar a cabo, o todas las madres del mundo les hariamos caer en picado en los índices bursátiles. Asi que los giros del planeta y de mis neuronas no se vieron afectados. Todo siguió su orden natural.

¿Todo? ¡No! De repente sentí una perturbación en la fuerza (no, tampoco soy fan de La guerra de las galaxias, pero YO SOY SU MADRE. Léase con voz profunda y cavernosa, gracias). Se produjo una alteración cósmica. Una apertura espacio-temporal entre la pollo cueva y el resto de la casa. Salió el pollo y preguntó: ¿cambiaste la contraseña de Netflix?

Aleluya, todavía existo. ¡Eso es comunicación! No me decidía entre llorar, dar saltos o probar a hacerme la digna y mentir, a ver cuál podía ser el siguiente paso en esa cadena de acontecimientos extraordinarios.

Si, es así de fácil. Hoy soy un poco más feliz. Me quiero y me adoro, y como dice Meghan Trainor, si yo fuera tú, también querría ser yo.



jueves, 2 de junio de 2016

Las madres de adolescentes también decimos YO NUNCA... y tampoco lo cumplimos


Formación continua, actualización y reciclaje continuo. ¿Les suena a mundo empresarial y a trabajo? Pues lo mismo mismito vale para ser madre. Y si hablamos de la etapa en la que yo estoy ahora, ya no se trata de recomendar, debería ser la religión a seguir cada año, mes y día de nuestro tiempo disponible.

¿Quién dice yo nunca?